Una emoción quiere conocer su magnitud.
Busca entonces, un orificio para ir al mundo.
Es un grito. Pero no encuentra oídos.
Y si los oídos parten, los gritos se desploman.
Entonces la mano toma la pluma
Y puede tranquila gritarle al papel.
El papel tampoco escucha,
Pero tiene la virtud de saber refugiarlo,
Hasta que alguien pose los ojos en él.
Aquél grito que estaba en un cuerpo,
Está ahora en otro cuerpo,
Buscando un lugar para hacer eco
Y volver a empezar.
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