Ahí estaba, en el rincón. Acechaba. Y la dejé entrar.
No por interesante o seductora.
No.
Por insistente. Buscaba mi atención, quedarse con mi tiempo.
Obligado a dejarme habitar y culpable de no haber podido elegir, llegamos al desquicio.
Entendí que el matrimonio forzado con una idea no conduce a nada. Y así fue que dejé de escribir aquella historia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario